viernes, 8 de marzo de 2013

Música electrónica



En relación con el debate originado en el aula hace escasas semanas y el correspondiente ejercicio que debíamos elaborar sobre aquello que nosotros consumimos pero no es del todo bien visto por una gran parte de la sociedad, he creído interesante centrar el desarrollo de mi trabajo en la música electrónica.

Esta decisión se debe a que percibo que la música electrónica los últimos años sufre de unos intensos prejuicios que lastran su apertura a un público cada vez mayor e impiden que este género se sitúe en un lugar tan importante en el ideario colectivo como el que disfrutan el pop o el rock.

Localización del problema.

Sin embargo este problema presenta una acusada localización, siendo España uno de los países en los que con más recelo se mira a este tipo de música. A nivel europeo, la música electrónica no sólo consigue hablar de tú a tú con el pop o con géneros más radiables en emisoras musicales de corte general, sino que podemos llegar a decir que goza de prestigio, característica que carece dentro de nuestras fronteras. Este es un hecho que podemos apreciar de forma clara dentro de las variantes más intensas de la música electrónica (Hardcore, Hardstyle...), los cuales aquí están rodeados de un aura de decadencia y baja calidad mientras que en países como Holanda se realizan festivales de primer nivel dedicados en exclusiva a esa música y los artistas que la producen firman con las discográficas más importantes.

El hecho de que en España la idea que se tiene sobre la música electrónica se esa responde en mi opinión a los estigmas que lastra desde hace un par de décadas por los que es asociada únicamente a las drogas y a la fiesta sin control. Esto no hace más que desvirtuar la cultura club relacionándola de manera inmediata con lo que se conocía como “La ruta del Bakalao” (analizada en un documental clásico de Canal Plus presentado por Carles Francino) que comenzó como una vanguardia pero finalizó en un movimiento sin sentido al que le fue imposible encontrar su lugar.

Experiencia personal.

Si bien es cierto que muchas de las composiciones creadas por productores de este tipo de música son creadas con la cabeza puesta en su consumo en discotecas, se ha llegado a unos niveles de calidad que permiten su escucha en cualquier lugar, dispositivo o momento del día. No son canciones cargadas de un mensaje explícito como puede ser la composición de un cantautor en las que la intensidad de las letras suele ser el elemento más importante de toda la obra, aquí lo que premia es la calidad del sonido, la perfección de la mezcla, la fuerza que sea capaz de transmitirte... toda una serie de valores únicos e intransferibles que constituyen las grandes bazas de este tipo de música y que consiguen lo que pretende toda composición musical sea cual sea el género al que pertenzca: provocar emociones en el oyente.

Son escasas la canciones englobadas en este género con una composición letrística que supere en importancia a la fuerza del sonido (aunque las hay), pero sinceramente no es necesario para transmitir y provocar sensaciones intensas. Muchos trabajos poseen un trabajo de melodías y armonías que consiguen llevarte a un estado de euforia con una sola escucha, lo cual, a título personal, pone a la música electrónica al mismo nivel que cualquier otro género.

Por eso, creo que disfrutar con este tipo de música es una experiencia que no debería estar deslucida por un concepto erróneo de un mundo en el que las drogas, la fiesta y la pérdida de control no son, ni mucho menos, características que sean capaces de definirlo. Parece que en los últimos años esta situación comienza a cambiar, pero aún así es mucho el camino que queda por recorrer.


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