En
relación con el debate originado en el aula hace escasas semanas y
el correspondiente ejercicio que debíamos elaborar sobre aquello que
nosotros consumimos pero no es del todo bien visto por una gran parte
de la sociedad, he creído interesante centrar el desarrollo de mi
trabajo en la música electrónica.
Esta
decisión se debe a que percibo que la música electrónica los
últimos años sufre de unos intensos prejuicios que lastran su
apertura a un público cada vez mayor e impiden que este género se
sitúe en un lugar tan importante en el ideario colectivo como el que
disfrutan el pop o el rock.
Localización
del problema.
Sin
embargo este problema presenta una acusada localización, siendo
España uno de los países en los que con más recelo se mira a este
tipo de música. A nivel europeo, la música electrónica no sólo
consigue hablar de tú a tú con el pop o con géneros más radiables
en emisoras musicales de corte general, sino que podemos llegar a
decir que goza de prestigio, característica que carece dentro de
nuestras fronteras. Este es un hecho que podemos apreciar de forma
clara dentro de las variantes más intensas de la música electrónica
(Hardcore, Hardstyle...), los cuales aquí están rodeados de un aura
de decadencia y baja calidad mientras que en países como Holanda se
realizan festivales de primer nivel dedicados en exclusiva a esa
música y los artistas que la producen firman con las discográficas
más importantes.
El
hecho de que en España la idea que se tiene sobre la música
electrónica se esa responde en mi opinión a los estigmas que lastra
desde hace un par de décadas por los que es asociada únicamente a
las drogas y a la fiesta sin control. Esto no hace más que
desvirtuar la cultura club relacionándola de manera inmediata con lo
que se conocía como “La ruta del Bakalao” (analizada en un
documental clásico de Canal Plus presentado por Carles Francino) que
comenzó como una vanguardia pero finalizó en un movimiento sin
sentido al que le fue imposible encontrar su lugar.
Experiencia
personal.
Si
bien es cierto que muchas de las composiciones creadas por
productores de este tipo de música son creadas con la cabeza puesta
en su consumo en discotecas, se ha llegado a unos niveles de calidad
que permiten su escucha en cualquier lugar, dispositivo o momento del
día. No son canciones cargadas de un mensaje explícito como puede
ser la composición de un cantautor en las que la intensidad de las
letras suele ser el elemento más importante de toda la obra, aquí
lo que premia es la calidad del sonido, la perfección de la mezcla,
la fuerza que sea capaz de transmitirte... toda una serie de valores
únicos e intransferibles que constituyen las grandes bazas de este
tipo de música y que consiguen lo que pretende toda composición
musical sea cual sea el género al que pertenzca: provocar emociones
en el oyente.
Son
escasas la canciones englobadas en este género con una composición
letrística que supere en importancia a la fuerza del sonido (aunque
las hay), pero sinceramente no es necesario para transmitir y
provocar sensaciones intensas. Muchos trabajos poseen un trabajo de
melodías y armonías que consiguen llevarte a un estado de euforia
con una sola escucha, lo cual, a título personal, pone a la música
electrónica al mismo nivel que cualquier otro género.
Por
eso, creo que disfrutar con este tipo de música es una experiencia
que no debería estar deslucida por un concepto erróneo de un mundo
en el que las drogas, la fiesta y la pérdida de control no son, ni
mucho menos, características que sean capaces de definirlo. Parece
que en los últimos años esta situación comienza a cambiar, pero
aún así es mucho el camino que queda por recorrer.

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